En una carta que le escribe a Rodríguez Feo a mediados de los 40, José Lezama Lima le menciona la necesidad de publicar en la revista Orígenes, cuya dirección compartían, un ensayo no del todo excelente de Humberto Piñera, “el seco y grave hermano del ligerísimo Virgilio”; el epíteto viene a sumarse a otros que Piñera recibió o se dio a sí mismo: un demonio para Eliseo Diego, un pájaro amargo para Eloísa Lezama Lima, una loca de la argolla al decir de Reinaldo Arenas; y más: una expresión que, aun siendo seductora, permitía intuir algo maligno, peligroso, le vio Alejandro Rússovich, que compartió con él la traducción de Ferdydurke; unos ojos bondadosos tras los cristales azulados de los anteojos José Bianco; unas bellas manos que tendían a desprenderse de su cuerpo y actuar por sí solas Antón Arrufat, su discípulo en los años 60, uno de sus pocos amigos en los años oscuros; y finalmente, y otra vez, es el Flaco de sus propios relatos, opuesto al Gordo, Lezama Lima.

     Y aun podríamos agregar: es el elemento inestable de la serie, el que reacciona del modo inesperado, el más fiel amigo, el ladrón más descarado, el más valiente de todos porque es el único que no teme exhibir su cobardía.

     Es el que se equivoca más a menudo, pero cuyos errores son increíblemente fértiles, el que deja todo inconcluso y se aparece de pronto con el soneto perfecto, el verso memorable, el título genial, la lectura certera, la observación que, de tan sencilla y exactamente humana, sólo puede haber sido hecha por un marciano exilado en la Tierra.

     Mientras se preparaba este dossier, yo le contaba a todos, obviamente a mis amigos pero por poco también a semi-desconocidos, mi entusiasmo creciente por la figura civil –digámoslo sin miedo: el héroe– y por el poeta inspirado.

     Dos preguntas son las que me hacían más a menudo los que escuchaban mi cuento: una, ¿por qué vino a Buenos Aires en los años 40?; dos ¿por qué lo persiguieron en los últimos años de su vida? Me gustaría que este dossier, más que responderlas, ampliara esas dos buenas preguntas.

     Sin embargo, no quisiera privarme de sumar un par de pistas a las que han de aportar los diversos testimonios aquí reunidos.

     Buenos Aires puede haber sido, a fines de los 40, la cantidad justa de Francia que Virgilio podía soportar –esa Francia de cuyo “inmortal espíritu” gustaba burlarse pero que pese a todo le fascinaba, con su ampulosidad a la vez sentimental y racionalista. Buenos Aires, con lo que él llama su “vida intelectual organizada” tuvo que resultarle una modesta salida al provincianismo que aborrecía, al tiempo que le dejaba espacio para seguir pensando la serie de motivos nacionales que le interesaban.

     Dicho con una metáfora: la idea era mariconear, no cambiar de sexo.

     La imagen, el emblema de este movimiento es Virgilio, como lo relata Arrufat, envuelto en una sábana y haciendo de Fedra, recitando los versos de Racine en un francés impecable en el léxico, impagable en la gracia, horrísono en la pronunciación (una vez alguien no quiso invitarlo a una cena con franceses asegurando que estos iban a morir de sólo oírlo: no perdonó jamás la ofensa).

     En cuanto a la persecución: hay algo que cuenta por ahí Cabrera Infante (escribo esto al terminar el trabajo, un poco cansado ya de las citas bibliográficas que ustedes encontrarán a continuación en abundancia) que me parece muy significativo: cuenta que cuando, entre principios y mediados de los 60, se desarma el equipo del suplemento Lunes de Revolución que él había dirigido, los distintos integrantes de ese equipo –HebertoPadilla, Pablo Armando Fernández, él mismo, entre otros– son dispersados en funciones consulares o editoriales bajo la teoría de que eran capaces pero no debían estar juntos; el único que, al perder su trabajo al frente de Ediciones R en 1964, ya no es considerado para absolutamente ninguna función más que traducir literatura africana de lengua francesa, es Virgilio.

     Otra vez, es la pieza que no calza en el puzzle, el que a su débil manera no da ni para intentar comprarlo ni para desterrarlo ni para meterlo preso: es, digamos, el Bartleby que con su “preferiría no hacerlo” enloquece a las organizaciones, ni hablar a los estados, ni qué decir a las tiranías.

     Y algo más: es también el que, ensayando sus grandes poses teatrales, si le da por sentirse miserable se sentirá el más miserable de la Tierra; pero cuando da con el gesto del que dice la verdad, la ha de decir contra viento y marea, contra los dioses, contra sí mismo, contra lo que se ofrezca.Las dos preguntas se funden, finalmente, en Buenos Aires; aunque nadie lo perseguía en los años en que vivió en Buenos Aires, le cuadra bien la imagen del escritor exiliado; exiliado eternamente, siempre, salvo en los raros momentos de felicidad; exiliado, quizás, precisamente, de la felicidad; exiliado, pongamos por caso, en la desaparecida confitería Rex de la calle Corrientes, donde Severo Sarduy cree verlo al trasponer la puerta de Les Deux Magots, en una suerte de túnel cortazariano al revés... y la cadena de las imágenes podría seguir.

     Para hacer este dossier, se ha buscado balancear algunos de los aspectos hasta aquí comentados: la cuestión propiamente biográfica queda tratada a dos puntas a través de un relato de iniciación artística y sexual narrado por el propio Virgilio y, en el otro extremo, por la descripción de sus últimos años por Antón Arrufat; el carácter reactivo de su genio, que explicaría en parte por qué tan a menudo ha sido pensado a través de oposiciones –Virgilio y Lezama, Virgilio y Gombrowicz, etc.– es el tema de un ensayo de Antonio José Ponte; la formación de su estilo, justamente a través de oposiciones, es considerada por un trabajo de Teresa Cristófani Barreto, que se publica junto a una suerte de borrador inédito de un relato jamás terminado de escribir; su influencia sobre las jóvenes generaciones de poetas cubanos es puesta en foco por Damaris Calderón y finalmente un espléndido retrato por Rolando Sánchez-Mejías cierra el dossier.

     En el medio, hay una abundante muestra de poemas, un ensayo de Virgilio, testimonios, cartas y una cronología que ponen el acento en su ciclo argentino, en parte porque era donde podíamos cumplir una función más útil, en tanto era lo menos documentado, en parte por la curiosidad de verlo moverse y escribir entre personajes y en escenarios conocidos: en particular, surge como un venero de posible reflexión e investigación el trabajo de traducción de Ferdydurke, una aventura porteña, en tanto sólo es imaginable en las condiciones de la Buenos Aires de los últimos 40, y en tanto da sentido de aventura a una historia de esos años que aún está por escribir.

     Otra vez, hay aquí figuras para pensar cómo se construye una cultura y se tienden puentes entre dos extremos de América Latina, y al mismo tiempo cómo la razón o el pretexto de esa unión es la traducción de un ignoto extranjero que, irónicamente, piensa en todo ello como en la preparación de su triunfo verdadero en los verdaderos campos de batalla, es decir, en Europa.

     Estas idas y vueltas, estas paradojas, contradicciones e ironías parecieron filtrarse en la factura misma de este dossier.

     Bianco cita, a propósito de Piñera, las películas de Chaplin; ésta fue más bien una de Buster Keaton, de esas en que lo fácil se complica infinitamente y lo imposible se rinde al primer asalto.

     Ejemplos: tomemos el famoso episodio en que el Che Guevara arroja un libro de Piñera por el aire, preguntando enojadísimo qué tenía que hacer un volumen de “ese maricón” en la embajada cubana en Argel.

     Alguien en Cuba en el ‘96 me dijo que el asunto era una mera invención de Cabrera Infante; que Cabrera aseguraba que estaban allí presentes Jean Daniel y Juan Goytisolo, pero que ninguno de los dos lo había confirmado nunca. El episodio me parecía, por distintos motivos que o son obvios o son largos de explicar, de bastante significación como para descartarlo, y también, y por lo mismo, de demasiada significación como para darlo sin fuente directa.

     Yo, efectivamente, lo había leído contado por Cabrera; Teresa Cristófani, nuestra invalorable colaboradora en San Pablo, creía en cambio haberlo leído en alguna entrevista a Goytisolo, pero no se acordaba dónde; lo había fichado, incluso, y no podía encontrar la referencia.

     Entonces, llamé por teléfono a Antón Arrufat en La Habana: –Aquí todo el mundo sabe que es cierto. Lo contaba el propio embajador, Serguera, a sus amigos– dijo Antón. –¿Pero de dónde lo sacó Cabrera Infante? –Llámalo y pregúntale– y me dio un fax en Londres. Pablo Gianera le envió un fax explicándole qué queríamos, y Cabrera me llamó por teléfono: –Así que Serguera andaba contándolo en La Habana.  –Así me dice Antón Arrufat ¿pero usted, lo supo por Jean Daniel o por Goytisolo o por otra persona? –Pero fíjate, seguramente Serguera no contaba qué fue lo que respondió él a la pregunta del Che. –... –Respondió que eso eran cosas de su mujer.

     Imagínate, un militar [y aquí, imagínese la sonoridad profunda de la voz cubana], un héroe de guerra, echándole la culpa a su mujer... Bien, finalmente me dio el teléfono de Goytisolo en Marrakech, Goytisolo me dio la referencia exacta del libro donde él lo había contado... libro que Pablo tenía en su biblioteca: o sea que habíamos dado una vuelta por varios continentes para regresar a los estantes de la propia biblioteca. Otras cosas fueron, en cambio, infinitamente sencillas, casi puros regalos del azar; había números de Ciclón, la revista de Piñera y Rodríguez Feo que tiraba unos pocos cientos de ejemplares, en la misma librería Tomás Pardo de la calle Viamonte donde Virgilio en persona los debe haber dejado alguna tarde cuarenta años atrás; el teléfono de Julia Rodríguez Tomeu, que tanto nos ayudaría en el trabajo, estaba en la guía de teléfonos; un artículo del 47 sobre la poesía cubana del momento, publicado en La Nación e inadvertido en todas las recopilaciones y bibliografías, yacía casi en completa soledad en el mismo sobre de archivo (por lo demás, piñerianamente flaco) en que fue guardado hace medio siglo.

     En cuanto a las ironías: no es la menor el hecho de que la foto que ilustra nuestra tapa sea obra del fotógrafo cubano Korda, el mismo que hizo aquel retrato del Che con boina y estrellita y mirada que avizora el futuro, futuro en el que esa imagen se ha multiplicado en posters, prendedores, monedas y camisetas; la foto que Korda le hizo a Virgilio, siendo de igual calidad técnica, no ha corrido, según se ve, igual suerte, vaya uno a saber por qué.

     De todos modos, ya que estamos con el futuro, tengo la esperanza de que el trabajo realizado y las pistas apenas empezadas a recorrer le sean de utilidad a Antón Arrufat a la hora de encarar un libro que se propone hacer para la editorial argentino-cubana La Bohemia acerca de la estancia porteña de Virgilio; también es de esperar que la presentación de este número monográfico de Diario de Poesía en San Pablo, en conjunto con la Universidad de esa ciudad y el diario Folha, más la creación de un sitio Piñera en el área de la USP, así como la presentación del poema “La Isla en Peso” en el número 10 de la revista electrónica www.poesia.com terminen por configurar un homenaje a Virgilio, lo más colosal que fue posible, a veinte años exactos de su muerte.

     El pensaba que cuando alguno se moría, la comunicación se cortaba; y sin embargo, varios quisiéramos tanto que siguiera abierta.

Daniel Samoilovich, Editor de Diario de Poesía



      Este dossier fue preparado por Pablo Gianera y Daniel Samoilovich. Contó con la colaboración especial de Teresa Cristófani Barreto (en San Pablo), Daniel García Helder (en Buenos Aires) y Antonio José Ponte (en La Habana primero, en Oporto, después); los tres fueron indispensables para que el trabajo llegara a término y los tres estuvieron cerca de él desde su concepción hasta sus detalles finales: Teresa y Ponte, además de escribiendo los ensayos que firman, aconsejando, corrigiendo, ayudando a conseguir los manuscritos, cartas, fotos, libros y revistas conseguibles y los inconseguibles también; y Daniel García, colaborando en el planeamiento del dossier así como en la selección y edición de los materiales.

     Además de a los autores de ensayos y notas incluidas en el dossier, a los entrevistados que aportaron su testimonio y a quienes facilitaron fotos o documentos con una cortesía que queda expresamente consignada en los créditos, cabe agradecer a Antón Arrufat, que revisó pacientemente la cronología, resolvió numerosas dudas y puntos oscuros y alentó la concreción de este trabajo por todos los medios (entre otros, tomar el pelo a sus autores: “Aquí se dice –decía Antón en la última comunicación telefónica a La Habana– que ese dossier lo están haciendo con tanto cuidado que no saldrá nunca”); a la familia de Virgilio Piñera, por la posibilidad de acceder a los textos inéditos del poeta que se incluyen en esta edición; a Laura Isola, ayudante de la cátedra de Literatura Latinomericana II de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, quien prepara un trabajo de investigación sobre Piñera en el marco del UBACYT, por la generosa cesión de su entrevista inédita a Adolfo de Obieta; a los escritores argentinos Elvio Gandolfo, Ricardo Piglia y Alejandro Sosa Dias, al cubano Ambrosio Fornet y al mexicano Armando Pinto, director de la revista poblana Crítica, por sus consejos y orientaciones bibliográficas; a Jorge Fornet, director literario de Casa de las Américas, por las copias de Aurora y Victrola que se reproducen en separata; a Jaime Poniachik, Pascual Lima y Mirta Aranda por su colaboración en el planeamiento y realización de esa separata; a Hugo Caligaris, por el acceso al archivo de La Nación; a María Teresa Gramuglio, Nora Catelli y José Tarszys por el acceso a las colecciones de Sur, Orígenes y Ciclón, respectivamente; a Araceli García-Carranza, por el acceso a las colecciones de Clavileño, Espuela de Plata, Poeta y Nadie Parecía en la sección de periódicos raros de la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana; a María Victoria Rigueiro Rolán, por el acceso a su trabajo de tesis para la Universidad de La Habana Biobliografía de Virgilio Piñera (inédito); a Cristina Fangmann, por su ayuda en el ordenamiento y clasificación del material; y, last but not least, a Reina María Rodríguez y Jorge Miralles, cuyo entusiasmo por Piñera resultó, como se ve, completamente contagioso.

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