Virgilio Piñera: una poética para los años 80


     Damaris Calderón nació en La Habana en 1967; sus últimos libros, Guijarros y Duro de roer, se publicaron en Santiago de Chile, donde actualmente reside. En 1994, viviendo todavía en La Habana, dio una conferencia en el coloquio internacional celebrado en esa ciudad con motivo del cincuentenario de la revista Orígenes; el texto de la misma se reproduce aquí abajo, con ligeras adaptaciones hechas por la autora especialmente para su inclusión en este dossier

     por Damaris Calderón


     DESTAQUES:

     "La generación de los 80 inicia la revisión de un país erigido en lo mitológico, en lo paradisíaco como categoría o valor emblemático de lo cubano. La clave para esta revisión: Virgilio Piñera."

     "Los poetas de los 80 no sólo continuamos desde aquí sosteniendo la isla en peso sino también soportando el peso de la isla rodeados por la maldita circunstancia del agua por todas partes."






     Todo universalista o utopista, enemigo de lo específico y particular, acaba imponiendo por la fuerza su visión (...) un mundo con derecho a la esperanza del mañana incierto es sólo posible si se mantiene abierta la posibilidad de la herejía permanente, que implica rechazar el presente infalible.

     Edgar Montiel

     América es tierra propicia para las utopías. Dentro de éstas, un espacio privilegiado lo han tenido las islas. Según Mañach, nuestra conciencia del destino insular se remonta al siglo XIX y se fija en tres imágenes históricas: separatismo, reformismo y autonomismo. Desde entonces, puede decirse que un mismo signo, la insularidad, se potencia de valores contrarios: un discurso de lo insular como negación y otro como afirmación, la isla como emblema del paraíso. Una diferencia precoz entre lo peninsular y lo criollo, lo insular que despunta, es el poema atribuido a Silvestre de Balboa, "Espejo de paciencia", de 1608, un ingenuo poema épico cuya relectura no puede dejar de provocarnos una impresión de parodia (aunque ésa no fuera, desde luego, la intención del autor).

     A partir de entonces, hemos padecido en nuestra literatura la dualidad de esos discursos: la afirmación y la negación de "lo cubano". Mientras algunos autores se encargaban de señalar las fallas o vicios del carácter nacional (pienso en Mi tío el empleado, de Ramón Meza, en Jesús Castellanos con La manigua sentimental, en Carlos Loveira con Juan Criollo, por sólo mencionar algunos ejemplos), otros han insistido en reescribir aquel (fallido) poema épico de Luaces: "Cuba: poema mitológico". Creo que quienes con más ahínco y fervor se han dedicado a la reescritura de Cuba como poema mitológico son los miembros del grupo Orígenes. También incorporada a ellos, aparece una figura que se encargará de tachar, corregir, enmendar, borronear, parodiar y desacralizar ese poema. Me refiero, por supuesto, a Virgilio Piñera.

     En los años ochenta irrumpe una hornada de creadores que se distinguen por el carácter explosivo de sus obras, por un espíritu contestatario, de revisión de los valores y cánones preestablecidos (literarios y extraliterarios), de reacción contra un discurso oficial que margina polémicas aristas de la realidad, por cuyos intersticios asoma otro discurso denotativo de otra realidad (o de otra visión de la realidad). Sería posible listar algunas de las características más significativas de esta promoción de los ochenta: la réplica, la parodia, la ironía, la revisión de la épica, la aparición de un discurso gay, la desmitificación del arcadismo social, geográfico, poético, la desconfianza hacia la palabra que no siempre puede aprehender realidades más vastas y asimismo hacia las propias realidades incapaces de satisfacer todas las expectativas y aspiraciones generadas en torno a ellas. Esta desconfianza hacia la palabra también se da hacia los símbolos y emblemas tradicionales: la palma, el paisaje, la patria.

     La generación de los ochenta posee además una fuerte voluntad de mantener una integridad ética, de lanzarse al ruedo social pero sin aceptar un compromiso que socave esa integridad; una voluntad, en suma, de "nombrar las cosas por sus nombres" (muy distinto del eliseano modo) y un rechazo a la paz del satisfecho, a la conformidad, a la mansedumbre. Como recurso para manifestar y aprehender las contradicciones de su tiempo, esta literatura conlleva un fuerte valor ideológico—entendida la ideología como dialógica. A mi juicio, otro de los rasgos más importantes que distinguen a esta promoción es el cambio de signo de la insularidad (ahora pensada con carácter negativo). "La poesía va iluminando el país —señala Cintio Vitier en su libro Lo cubano en la poesía— (...) no hay una esencia inmóvil y preestablecida, nombrada lo cubano que podamos definir con independencia de sus manifestaciones sucesivas y generalmente problemáticas." (1)

     Para nadie es un secreto la importancia, durante mucho tiempo soslayada y ahora realzada hasta la apoteosis—ejemplo de ello es este Coloquio—, del grupo Orígenes en la literatura cubana. Se ha insistido hasta la saciedad en la influencia de José Lezama Lima (figura cimera y aglutinadora) en nuestra literatura, entre sus coetáneos y las generaciones posteriores, así como la influencia de Eliseo Diego en las jóvenes promociones a partir de un lenguaje coloquial, que se alejaba del hermetismo inicial origenista y buscaba el pequeño suceso, la anécdota, el detalle nimio, para dotarlo de una trascendencia y un carácter de fábula. Así, de una escritura que alcanzaba hidalguía estética y ética, que aunaba la raíz patria y lo foráneo con encomiable ecumenismo, puede decirse que, en la literatura cubana, de nada se nutre tanto la generación de los ochenta como de lo aportado por el grupo Orígenes. Pero se sabe que todo fervor engendra un parricidio. Por ello, partiendo de los aportes origenistas, de su deslumbrante proyecto de una teleología insular —la epopeya y la falla mayor de este grupo—, comienza a darse en esa misma promoción la revisión de un país erigido en lo mitológico, en el carácter fabulador, en lo paradisíaco como categoría o valor emblemático de lo cubano. La clave para esta revisión: Virgilio Piñera.

     Elementos de la obra de Virgilio (el nuestro, que no el de las Eglogas) que nos permiten situarlo como un antecedente para la poética de los años ochenta: la ironía, el tratamiento (a veces levemente esbozado, otras más explícito) del tema gay, la subversión del mito clásico, la revisión de la épica y el empleo de la parodia (en Electra Garrigó, por ejemplo), el conversacionalismo, el prosaísmo, el carácter narrativo de su poesía (borrándose en ocasiones las fronteras genéricas), la vertiente metafísica y la incidencia en lo histórico inmediato, la incredulidad, la encarnación del vacío, la poética de la negación, el carácter agresivo y polémico de su obra, "la rabia amarilla" que vemos aparecer en sus versos y la desmitificación de lo cubano como emblema de lo paradisíaco. Aunque creo que esta desmitificación puede apreciarse en el conjunto de la obra de Virgilio, me ceñiré aquí a la poesía, y en particular a su formidable poema "La isla en peso" de 1943.

     En 1937 Lezama lanza en su famoso Coloquio con Juan Ramón Jiménez el mito del insularismo, aquel que, según él, nos faltaba. En 1939 le escribía a Cintio Vitier: "Ya va siendo hora de que todos nos empeñemos en una Teología Insular, en algo de veras grande y nutridor." Luego, en el número 21 de Orígenes sugería: "Un país frustrado en lo esencial político puede alcanzar virtudes por otros cotos de mayor realeza. (2)" En 1957 Cintio Vitier imparte en el Lyceum de La Habana un curso (luego recogido en Lo cubano en la poesía), donde se hace cargo de las propuestas de Lezama y erige un país en un proyecto moral mitológico-poético, fijándose para ello en aquellas figuras y momentos principales que mejor podrían indicar la presencia de lo específicamente cubano a través de lo que más genuinamente nos expresaba en el devenir histórico—aunque en ese momento pensaba que "la poesía nos cura de la historia" y "definía" o interpretaba lo cubano como una sustancia eglógica, arcádica, dando cuerpo a un mito que, desde el Diario de navegación de Cristóbal Colón, nos incluía dentro de la utopía de las islas.

     La condición insular, durante mucho tiempo entendida en la poesía cubana como paradisíaca, se carga en "La isla en peso" de Piñera de un valor semántico negativo y los elementos tradicionales, emblemáticos de "lo cubano" adquieren en su cópula tropical, en su fusión ardorosa, un carácter de pesadilla que alucina y desgarra a las criaturas de la Isla.

     Lo primero que salta a la vista en el poema es "la maldita circunstancia del agua por todas partes". Este poema polemiza así, desde el primer verso, con toda aquella literatura "arcádica" basada en la condición insular, la condición de levedad, ingravidez, dulzura y bonanza atribuidas a la criatura y el paisaje insulares. Tal es el tono que se respira, por ejemplo, en Juegos de agua y en el poema CXXIV de Poemas sin nombre, de Dulce María Loynaz, del que cito: Isla mía, qué bella eres y qué dulce! Tu cielo es un cielo vivo, todavía con un color de ángel, con un envés de estrellas (...) Descanso de gaviotas y petreles, avemaría de navegantes, antena de América: hay en ti la ternura de las cosas pequeñas y el señorío de las grandes cosas (...) Eres deliciosa como la fruta de tus árboles, como la palabra de tu Apóstol. Hueles a pomarrosa y a jazmín (...) Cuando te pintan en los mapas, a contraluz sobre ese cielo intenso de litografía, pareces una fina iguana de oro, un manjuarí dormido a flor de agua.

     Así, la imagen de Dulce María no pasa de la pincelada paisajística, bucólica, idílica, con aires de litografía, de grabado de Romañach. En "La isla en peso", en cambio, el agua se siente como una presencia tentacular, agobiante, como un cerco, y las palabras y metáforas elegidas para denotar la condición insular son siempre (o casi siempre) de índole negativa, rayanas en lo sórdido. Así, las imágenes acentúan el carácter de pesadilla, de monotonía circular que reproduce la aniquilante ondulación del agua: "El agua me rodea como un cáncer/.../ Me acostumbro al hedor del puerto/ me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,/ noche a noche al soldado de guardia". Y está la pérdida de ese "aura" o aliento paradisíaco: "En otro tiempo yo vivía adánicamente". Hay en el sujeto de "La isla... " un deseo de vivir secamente, sin el peso del agua: "Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones, / devolviéndome al país sin el agua y vivir secamente".

     Es interesante señalar cómo Virgilio emplea, subvirtiéndolos, los mismos elementos que se han utilizado tradicionalmente como portadores de la sensibilidad tropical. De ese modo, por ejemplo, el tacto, el olfato, los frutos emblemáticos de "lo insular paradisíaco", adquieren ahora valor negativo, en una especie de pesadilla donde los elementos de la sensibilidad ardorosa atribuida al trópico parten de la imagen carnavalesca de un Landaluze para derivar en la dolorosa irrealidad de los esperpentos goyescos: "La música detenida en las caderas,/.../ las negras bailando con vasos de ron en las cabezas/.../ Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo/.../ Esta noche he llorado al conocer a una anciana que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes". Y luego, contrastando con la "Oda a la piña" de Zequeira, donde la piña es emblema de lo cubano, "la pompa de (la) patria", Virgilio establece la siguiente, marcada diferencia: "el perfume de la piña puede detener un pájaro. Los once mulatos se disputaban el fruto, / los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa".

     Más adelante, en contraste con aquellos animales fabulosos de Lezama, aquellos "entretejidos antílopes de nieve corpulenta", Virgilio comenta: "En este país donde no hay animales salvajes/.../ pienso en el desconocido son del areíto/ desaparecido para toda la eternidad". La adjetivación realza lo siniestro y funeral de la visión: "la roca fúnebre/ el bello aire se aleja de los palmares./ Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos/.../ ¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrificios de los gallos?/ ¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?/ Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,/ los cuerpos dominados por la luz,/ ante el asesinato de la piel /.../ encima de las aguas estáticas/ los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar. Es la confusión, es el terror, en la abundancia".

     Esa abundancia del barroco tropical adquiere en Virgilio un carácter de asfixia: "los siniestros manglares como un cinturón canceroso, dan la vuelta a la isla/ los manglares y la fétida arena/ aprietan los riñones de los moradores de la isla". Y luego la necesidad de romper con los límites circulares de la asfixia insular y su imposibilidad: "¡Nadie puede salir, nadie puede salir!" Es interesante notar el contraste entre la visión de Lezama en "Noche insular, jardines invisibles", donde la luz es grata, delicadeza suma y "nacer aquí es una fiesta innombrable", con la condición fatídica que entraña el nacimiento y la condición insular para el sujeto poético de "La isla ... " de Piñera. En ella, cada hombre carga con el peso de la isla como una especie de Sísifo tropical, en una suerte de antropofagia donde isla y hombre se devoran mutuamente hasta formar una masa compacta en los siniestros arrecifes: "Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,/ cada hombre devorando frutos, las piedras y el excremento nutridor. Cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra /.../ Cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar/ los bordes de la isla más bella del mundo".

     Los elementos tipificadores de "lo cubano" son, en suma, plasmados con otro valor, de contrición, de doble, férreo aislamiento: "Cada palma derramándose insolentemente/.../ ¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?". La "iguana de oro" de Dulce María se convierte ahora en "la tristísima iguana (que) salta (...) Pero la claridad avanza, invade perversamente/.../ Son las doce del día./ Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste". Sin duda, esta última es una afirmación insólita en la poesía cubana.

     Como bien señala Retamar en su libro La poesía contemporánea en Cuba: "Frente a la circunstancia histórica, Piñera es el único de estos poetas (origenistas) que ofrece una directa crítica en su obra (...) El deseo de hallar la sustancia, el sentido de nuestra vida histórica, lleva a Piñera a creer hallarla precisamente en una ausencia de sustancia, en un intrascendentalismo esencial". Y en el mismo texto dice Retamar: "Piñera, poseído de hondo descreimiento, ofrece en su poética dos visiones esenciales: una hacia lo metafísico, otra hacia lo histórico inmediato (...) y en ambas halla, como centro de su irónica, dura poesía, el vacío como respuesta trascendente e histórica." A mi juicio, estos son los rasgos que acercan a Virgilio Piñera a la hornada de los 80, que también tendrá proyecciones hacia lo metafísico y hacia lo histórico inmediato, siempre con un carácter problematizador y tocando (o encarnando) ese vacío que sintió (y padeció) Piñera. Como muestra del cambio de signo que se produce en la poesía de los 80, cito algunos ejemplos que me parecen característicos. La isla que todavía Eliseo Diego sentía "rodeada de Dios por todas partes", no aparece ya para los poetas de los 80 como cifra de lo paradisíaco. A los límites que propone una isla, el poeta se va volviendo "isla dentro de su propia isla": "Nadie ha de dudar que la vigilia, el polvo acumulado y la ciudad/ nos van volviendo islas en sus tardes de otoño, acorralándonos./ Nadie ha de dudar entonces que estoy muerto" ("El peso de la isla", de Nelson Simón).

     También puede apreciarse el carácter problemático que entraña el peso de la isla en una serie de creadores que cito a continuación: "En las volátiles noches de invierno/ que la naturaleza convalida con magnanimidad/ el cubano se entrena para la diversión o para la amnesia/... / En las pesadas coreografías de un verano/ que la naturaleza autoriza/... / enumera con los dedos las bajas, ejerce/ la infracción/ lleva las manos a los bolsillos, jura y compromete;/ se diagnostica entonces que El Cubano inventa./ Asistimos al territorio improbable/ donde el cubano y El Cubano conversan viril,/ pastosamente/ allí conoceremos en qué travesías, en qué extraños parajes/ en qué trueques/ hemos contraído tanto ingenio" (Omar Pérez, "Contribuciones a una idea rudimentaria de nación" (3).

     "Porque uno ha sido cazado en otoños de naufragio/ y carga el peso del mar/.../ Siempre tendremos que viajar, que romper nuestra llamada/.../ Pueblos de mí mismo, isla de mi hambre/ aún por aplacar, escucha, te abandono" ("Dejar la isla", de Norge Espinosa).

     "A veces pesan mucho los hombres. Es entonces cuando me siento en una de esas piedras y miro largamente al mar./ Así, ¿quién podría decir si soy un hombre sentado en una piedra o una piedra sentada en un hombre?, ¿quién podría decirme si soy lo que queda, nata sucia cuando se aparta la leche,/ otro de los expoliados de este tiempo?" ("Elogio de las piedras", de Juan Carlos Flores)

     La desmitificación de lo insular también aparece en textos de Teresa Melo, María Elena Hernández, Reynaldo García Blanco, Sigfredo Ariel, entre otros:

     "Cercados por las aguas las piernas de quienes no pudieron caminar por las aguas/.../Vamos siendo nuestra propia isla. Podría no haber nada más allá de las aguas/ podrían mentir los libros y los noticieros/ y nunca lo sabríamos." ("Cercados por las aguas", de Teresa Melo)

     "El camino es largo y no duele/... / Tu oquedad es vacía árida y sangro por la nariz./ Silencio, ¿quieres sangrar en silencio?/ No abonarás los suelos ni cortarás las yerbas / Ni los frutos ácidos de la tierra más fermosa" ("Mapa turístico del país", de María Elena Hernández).

     De "Elogio para los que buscan un cuarto alquilado", de Reynaldo García Blanco: "Yo suponía un país/ donde un hombre a quien todos hubieran creído/ adecuado para el imperio de no haber sido el emperador/ saliera de esa catarsis/ de esos queribles cuidadores del zoológico/ que no saben la noria del tigre/ Yo suponía/ que en mi casa no faltaba el petróleo (...) / Yo digo ser feliz/ y pierdo sinceridad al decirlo."

     O "Mapa del país", de Sigfredo Ariel, que frente a aquella naturaleza descrita por nuestros poetas del siglo pasado (y de este siglo aún), pasando por el siboneyismo, el tojosismo y otros tantos ismos idealizantes, frente a aquellas imágenes como "el plátano sonante", "la fragante piña" como emblemas de una sustancia arcádica nombrada lo cubano, son contrastadas ahora con la simplicidad de la pobreza imperante: "Los pocos ríos amontonan las ingrávidas frutas/ —pomarrosas sin gusto, mamoncillos formales—/ y los arcos que levanta el marabú (...) Esto nos dieron:/ cascarones de frutas"

     De "festín para existencialistas (...) Retórica, pulpa, abundancia podrida, lepra del ser, testimonio falseado de la isla", calificó Vitier incomprensiblemente a "La isla en peso" de Virgilio Piñera en Lo cubano en la poesía. A mi juicio, la incomprensión de Vitier —en otros momentos crítico tan sagaz— data de que el poema de Virgilio se aparta de la visión mitológica de la Isla y de las diez especies codificadas por Cintio como características de lo cubano. Para Vitier, "esas diez especies, categorías o esencias de lo cubano reveladas en nuestra poesía pueden nombrarse así: Arcadismo, Ingravidez, Intrascendencia, Lejanía, Cariño, Despego, Frío, Vacío, Memoria, Ornamento". "La isla en peso" mostraba otra visión de la nación, otro rostro del país y no dejaba de poseer una fuerte carga de futuridad, como se ha visto en su poder fecundador en los poetas de los 80, los que no sólo continuamos desde aquí sosteniendo la isla en peso sino también soportando el peso de la isla rodeados "por la maldita circunstancia del agua por todas partes".

     Al escribir estas páginas no puedo dejar de pensar, como tantas otras veces, en la imagen martiana: "Cuba, cual viuda, pasa", y repetirme que cada generación tiene la obligación de soñar, de redescubrir un país, el suyo. Hay sueños que se dan por afirmación y otros por negación, como las pesadillas. Cada generación, dentro de su sueño, construye su discurso. Frente a la frustración republicana, al descalabro de la revolución del treinta que se "fue a bolina", el discurso del grupo origenista fue afirmativo. A la pérdida de un país "frustrado en lo esencial político", Orígenes erigió otro país hecho de tradición y memoria, de fábula y ensueño, basado en lo mitológico, poético, moral.

     Luego de las búsquedas esteticistas de Boti y Poveda, de la poesía pura y los efímeros destellos de la vanguardia cubana, frente a la contingencia que se mostraba poco propicia para un contacto fecundante, Orígenes eligió la trascendencia, la Palabra como piedra de fundación (concepción de fuerte resonancia bíblica, dada en la primacía del Verbo) y la poesía, al decir de la figura regente de Lezama Lima, como anticipo de la Resurrección, la imagen como realidad del mundo invisible. De ese modo, ellos aunaron en su escritura lo foráneo y lo cósmico, la arena cubana con el polvo lunar, dotando a nuestra literatura de uno de los movimientos más sólidos de nuestra cultura con figuras que, incorporadas a una resonancia coral, pueden mostrar individualmente obras notables.

     Luego del triunfo revolucionario de 1959 —con sus radicales, vertiginosos y no siempre resueltos procesos de transformación— su concepción de una "nueva estética", una "nueva ética", "una nueva sociedad", "nuevos" modos de pensar y vivir, luego del silencio vergonzoso del quinquenio gris de nuestra literatura (4), del fenómeno de Mariel, 1980, de la emigración y/o los intentos de emigración que se suceden hasta la fecha, del derrumbe del entonces llamado bloque socialista (que demostró no ser tan compacto) y sus resonancias en el ámbito nacional, la poesía de la generación de los ochenta no puede inscribirse en modo alguno en un discurso afirmativo. La réplica, el espíritu polémico-contestatario, su fuerte vocación ética, son los rasgos que la distinguen, así como la reacción contra el mito de la insularidad esgrimido por Lezama Lima y sostenido por Vitier en Lo cubano en la poesía. Para los poetas de los ochenta, el insularismo no genera un sentimiento de lontananza y la isla no posee esa sustancia eglógica que percibía Vitier en Lo cubano...

     Nada hay tan difícil como reconocer, como redescubrir el rostro de la Patria. El sueño de Orígenes fue un despertar en el momento republicano en que sus integrantes se dieron a la luz. Horadar la corteza origenista significa buscar bajo lo mitológico el verdadero, mutable rostro del país que siempre ha de escapar, y siempre ha de necesitar ser develado. Hoy, Cuba sigue siendo tan secreta como la percibió María Zambrano: "En medio de la vida de Cuba, tan despierta, Cuba secreta aún yace en su silencio.(5)" La ferocidad del discurso de los ochenta no hace otra cosa que manifestar la búsqueda de esa Cuba que, al decir de Lezama, "existirá mientras vivamos y luego reaparecerá en formas impalpables tal vez, pero duras y resistentes como la arena mojada(6)".



1. Cintio Vitier, Lo cubano en la poesía, Universidad Central de Las Villas, La Habana, 1958 - Ed. Letras Cubanas, 1970.

2. José Lezama Lima, Imagen y posibilidad, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1981.

3. Cf. el poema de Omar Pérez completo en el dossier de joven poesía de Cuba, Diario de Poesía Nº 44, diciembre de 1997. Allí también hay poemas de Juan Carlos Flores, Sigfredo Ariel y María Elena Hernández, nombrados seguidamente por Damaris Calderón, así como de la propia autora del ensayo. (N. de la R.)

4. Se refiere al quinquenio 1974-1979. La expresión fue acuñada por el ensayista Ambrosio Fornet (N. de la R.)

5. María Zambrano, "La Cuba secreta", en Orígenes Nª20, 1948.

6. José Lezama Lima, "Carta a María Zambrano", 31 de diciembre de 1975, en Cartas 1939-1976, Ed. Orígenes, Madrid, 1979.

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